La nueva ofensiva económica de Donald Trump contra Irán enfrenta un obstáculo clave: China. Beijing es el principal socio comercial de Teherán y compra más del 80% de los embarques de petróleo iraní, generalmente mediante canales indirectos. Mientras Washington busca cortar las conexiones financieras que permiten a Irán sostener sus programas nuclear y de misiles, la Casa Blanca también intenta preservar una frágil tregua comercial con China antes de una próxima reunión entre Trump y Xi Jinping. En este contexto, la presión sobre Irán podría convertirse en un delicado ejercicio de equilibrio para Estados Unidos. Cualquier medida demasiado agresiva contra empresas chinas podría elevar las tensiones bilaterales y poner en riesgo intereses económicos de ambos países.
El Departamento del Tesoro estadounidense anunció sanciones contra casi 60 entidades vinculadas con Irán, entre ellas empresas e individuos ubicados en China continental y Hong Kong. Washington también sancionó a un buque petrolero de propiedad china acusado de transportar millones de barriles de crudo iraní y a una compañía de Hong Kong relacionada con la flota que comercializa ese petróleo. Sin embargo, la administración Trump todavía evita atacar directamente a grandes bancos o empresas chinas conectadas con el sistema financiero estadounidense. Esa cautela refleja el costo potencial de abrir un nuevo frente con Beijing. Además, una escalada podría complicar la relación económica entre las dos mayores economías del mundo justo cuando ambas buscan mantener una tregua comercial.
China, por su parte, ha dejado claro que no pretende romper sus vínculos con Irán. El gobierno de Beijing sostiene que su cooperación con Teherán respeta el derecho internacional y rechaza las sanciones unilaterales impuestas por Washington. Sin embargo, China podría realizar ajustes limitados para evitar una confrontación directa. Analistas citados por AP consideran que Beijing podría reducir parcialmente sus compras de petróleo iraní o aplicar otras medidas que permitan mostrar cooperación sin abandonar a su socio. Los aranceles y sanciones de Estados Unidos sobre China, por ahora, podrían mantenerse contenidos mientras Trump y Xi preparan su encuentro. La clave será determinar cuánto está dispuesto Beijing a ceder sin afectar su acceso al crudo iraní.
El margen de maniobra también depende del objetivo que persiga Washington. Si Trump busca únicamente presionar a Irán para que haga concesiones sobre el estrecho de Ormuz y avance hacia una solución al conflicto, China podría colaborar de manera limitada. En cambio, si Estados Unidos pretende debilitar severamente la economía iraní o provocar un cambio de gobierno, Beijing difícilmente respaldaría la estrategia. Esta diferencia resulta fundamental porque China tiene capacidad para reducir la efectividad de las sanciones estadounidenses mediante sus compras de petróleo y sus relaciones comerciales con Teherán. Además, una confrontación abierta con Beijing podría generar consecuencias económicas y diplomáticas mucho mayores que las previstas por Washington.
La próxima reunión entre Trump y Xi será, por tanto, un momento decisivo para medir hasta dónde puede llegar la presión estadounidense sobre Irán sin deteriorar la relación con China. Beijing necesita evitar una confrontación que afecte sus intereses económicos, mientras Washington busca demostrar que sus sanciones pueden aislar a Teherán. Sin embargo, ambos gobiernos tienen incentivos para mantener bajo control la disputa bilateral. La situación muestra que la estrategia de máxima presión contra Irán no depende únicamente de las decisiones de Washington, sino también de la disposición de China a limitar o mantener sus vínculos energéticos con Teherán. El resultado podría definir el alcance real de la nueva campaña estadounidense y su impacto en la estabilidad regional.
