Más de 70 mil personas llegaron recientemente a nado a Ceuta desde Marruecos, en uno de los episodios migratorios más graves registrados en este enclave español. El hecho ocurrió en una ciudad de apenas 83 mil 600 habitantes y abrió una nueva disputa entre España y Marruecos sobre el control fronterizo y la movilidad humana. El caso también recuperó el concepto de migración como arma, planteado hace una década por la politóloga estadunidense Kelly M. Greenhill para describir el uso deliberado de movimientos migratorios como mecanismo de presión política. La situación ocurrió en el Estrecho de Gibraltar y dejó además cerca de 150 personas fallecidas, según el recuento citado en el análisis.
La crisis generó distintas interpretaciones sobre sus causas y posibles responsables. Desde la derecha española se cuestionó al gobierno de Pedro Sánchez, al que acusaron de haber relajado los controles fronterizos y provocado un supuesto “efecto llamada” tras la regularización de más de medio millón de personas sin papeles. Desde sectores progresistas, en cambio, señalaron a Marruecos por presuntamente facilitar la salida de migrantes como forma de presión política, en medio de sus tensiones con España y Argelia. El gobierno de Sánchez apuntó inicialmente a las mafias dedicadas al tráfico de personas y a la difusión de información falsa para incentivar los cruces. Además, surgieron interpretaciones que relacionan el episodio con disputas geopolíticas más amplias.
El caso de Ceuta también evidencia un cambio en la forma en que las democracias europeas enfrentan la migración. Greenhill sostiene que los movimientos migratorios pueden utilizarse para generar presión sobre gobiernos democráticos, debido a los costos políticos que implica rechazar a personas que buscan protección o mejores condiciones de vida. Sin embargo, el crecimiento de la derecha y la extrema derecha en Europa, junto con un clima social más xenófobo, ha modificado ese escenario: aceptar grandes grupos de migrantes puede representar ahora un costo electoral para los gobiernos. En este contexto, la migración como arma deja de ser únicamente una cuestión fronteriza y se convierte también en un recurso dentro de disputas diplomáticas, electorales y geopolíticas que involucran a países de origen, tránsito y destino.
La respuesta europea frente a otras crisis migratorias también alimenta el debate sobre un posible doble rasero. El análisis compara el episodio de Ceuta con la crisis de 2022 en la frontera de la Unión Europea con Bielorrusia, cuando miles de migrantes procedentes de Medio Oriente fueron facilitados hacia territorio europeo. Mientras algunos gobiernos recibieron respaldo inmediato, otros enfrentaron presiones distintas según su ubicación y el origen de las personas migrantes. Por otro lado, la tragedia de Ceuta dejó un saldo humano especialmente grave: casi 150 cuerpos se acumulaban en morgues a ambos lados de la frontera, entre jóvenes marroquíes y personas que habían huido de conflictos como los de Sudán y Mali. El episodio muestra así que, en las disputas del siglo XXI, los civiles pueden terminar convertidos en instrumentos de presión política.
